Hay días en los que bajar al parque más cercano a mi casa es para pensárselo. Imaginar el momento de la merienda y qué va a pasar con mis hijos, me quita la ganas ya que sé lo que acabará ocurriendo: enfados, rabietas, llantos y yo, extenuada.

Recuerdo los primeros años en los que me movía casi siempre entre mamás al estilo crianza natural: mucha teta, muchos brazos, comida ecológica si se podía y si no, al menos comida sana. Nuestras meriendas solían componerse de fruta fresca, agua, tortas de arroz o maíz y excepcionalmente galletas integrales.

Luego la realidad se fue imponiendo y para la merienda, mis hijos empezaron a demandar sabores menos naturales pero que, desde luego, excitaban sus papilas gustativas hasta el éxtasis.

 

Tomo una decisión

Un poco desesperada, decidí que al menos en casa, comeríamos sano y no almacenaría productos poco naturales. Dejaríamos para ocasiones especiales el tomar chuches, zumos de frutas azucarados, gusanitos, etc.

 

El problema

No sé cómo pasó, pero el mundo que me rodeaba empezó a alejarse cada vez más de mi manera de alimentarnos. Lo primero fue irme a vivir a un barrio de los de mucho bocadillo de embutido. Eso ya no me gustaba, pero es que todavía no sabía lo que estaba por llegar. En nuestro barrio actual, cada merienda es una fiesta.

 

El parque

En el parque al que vamos, los niños comen un emparedado o un bocadillo (si lo comen) y luego comienza la sesión de bolsas tamaño familiar de palomitas con mantequilla, gusanitos color naranja, regaliz rojo, chupa-chups tamaño gigante, etc. ¿Es el cumpleaños de alguien y no vemos la fiesta? ¿Hay una cámara oculta para ver cómo reaccionan los niños cuando comen y comen productos de calidad ínfima?

Y claro, llegamos nosotros con nuestro táper (de cristal, of course) lleno de fruta para merendar y nuestras tortitas de arroz con crema de cacahuetes y a mis hijos, como le pasaría los tuyos, se le salen los ojos de las órbitas, engullen la fruta porque saben que por ahí sí que no paso y me despido de que vuelvan a comer algo más de lo que yo traigo en toda la tarde. Sé que irán de grupo en grupo pidiendo todo tipo de comida insana. Rica, sí, pero insana sobre todo porque no la comen solo hoy, sino hoy, mañana y pasado.

 

¿Cuál es la solución para las meriendas en el parque?

Valoro no volver a llevarles al parque, pero rápidamente alejo ese pensamiento porque tiene que haber otra solución, un término medio. Es absurdo no poder llevar a los niños a los sitios porque todo lo que van a comer es malo para su salud. Intento hacerles entender que las comidas “de capricho” están bien para momentos concretos, pero no para casi todos los días de la semana. Para ellos es muy difícil ver tanta cosa sabrosa y no ir a pedir porque lo que si tengo claro es que nosotros no vamos a comprarlo.

Así es que busco alimentos y bebidas que les llamen la atención a ellos y que entren un poco en un mínimo de estándar saludable.

 

¿Somos conscientes de lo que estamos haciendo?

No quiero ponerme en plan abuelita, pero alguien debería comparar la cantidad de azúcar que los niños comíamos en los años 70 u 80 con los que comen ahora nuestros hijos. ¿Una bolsa familiar de estrellitas que cuestan 1,20 € de qué puede estar hecha? ¿Están pensando estos padres que sus hijos lo comen unas tres veces a la semana de cada semana del año?

Estamos muy cansados, queremos relajarnos, queremos verlos contentos, pero siento que habría que centrarse un poco y dejar de verdad la comida llena de aditivos, azúcar y sabores fascinantes pero falsos, para ocasiones especiales, no para la vida diaria.

 

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